El blog de 道


Pratyeka
11/12/2010, 1:13 pm
Filed under: Contes

Simon nació en Lumbini, Massachussets a principios del siglo XX. Hijo de Debi, esposa de un multimillonario propietario de cadenas de alimentación por todo el mundo.

A Simon lo calificaron de super dotado ya en primaria y se le designó un destino brillante siguiendo los pasos de su padre. Este lo envió a los mejores internados y lo mantuvo alejado de la sociedad para evitar que esta lo pervirtiese y así se centrase sólo en su educación.

Al acabar brillantemente los estudios empezó la dirección de infinito conglomerado de empresas familiares repartidas por todo el planeta. Se casó con una mujer de su clase y tuvo un hijo.

A los 29 años, volviendo del trabajo con su deportivo tuvo un accidente y quedó tetrapléjico. Los mejores médicos hicieron cuanto pudieron pero Simon sólo podía mover los ojos.

Así empezo la segunda parte de la vida de Simon. Un infierno.

La mente lúcida y brillante atrapada en el cuerpo paralizado y roto sentía pasar cada minuto como si fueran años condenado a retorcerse mentalmente en su propia desgracia. Una condena millones de veces peor que cualquiera que pudiera crear el ser humano, sin tan siquiera la posibilidad de poner fin a su vida, sin poder explicar a nadie su sufrimiento interior, gritaba y lloraba dentro de su cabeza y enloquecía sin poder mover ni un dedo. Se hubiera arrancado el pelo, los ojos y el corazón con las manos, saltado del piso cincuenta donde vivía, se hubiera quemado vivo. Cualquier destino era mejor que el que le esperaba.

Externamente era un cuerpo impasible y quieto, un objeto. Sólo, para un observador atento, sus ojos revelaban la furia interior.

Muerto en vida acabo aceptando su destino, pero su voluntad era férrea y su mente excepcional, con las horas y horas infinitas en las que sólo podía pensar y pensar pasó de atormentarse a idear un camino de liberación de su sufrimiento. Halló el camino ya encontrado millones de veces en la infinita historia del universo y empezó a recorrerlo, paso a paso, lenta pero inexorablemente. Tiempo para meditar no le faltaba.

Llegado el momento, el único cambio exterior que se percibió fue una respiración más calmada y profunda y unos ojos entrecerrados.

A los 35 años, mientras era paseado por un criado en una silla de ruedas bajo un ábol del parque de Lumbini sus ojos se iluminaron súbitamente y lágrimas corrieron por sus mejillas.

Vivió hasta los 80 años y murió plácidamente.

Ese dia se inclinó muy ligeramente sobre el lado derecho (hay quien dice que eso era imposible) y dicen que cayó una lluvia de flores.


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